Existieron en la Antigua Roma y en el Imperio Azteca. Sin embargo, la última experiencia ocurrió hace apenas 65 años en Bélgica, en el Parque Heysel de Bruselas.

En la Antigua Roma existía exposiciones de seres a los que consideraban primitivos. Los mostraban atados, dentro de jaulas y en lugares públicos. Los primeros cristianos o los criminales podían ser arrojados a leones, tigres, osos, panteras o toros para que fueran devorados para diversión del resto. Constituía un verdadero espectáculo.
Más cercano a la línea temporal las exhibiciones se tornaron un poco más “cultural” o “investigativo” y no se buscaba derramar sangre sino calmar curiosidades. Cristóbal Colón, en el año 1493, llevó a la Corte de Isabel I a un grupo de indígenas arahuacos que fueron expuestos en una especie de zoológico informal.
En América también ocurrían cosas parecidas. En el año 1500, el emperador Moctezuma II del Imperio Mexica (hoy México) contaba con un gran zoológico con especies animales de todo tipo, personas incluidas. Entre ellas exponía algunas con enanismo, otras jorobadas o albinas.
En el continente europeo, en el siglo XVI, el cardenal Hipólito de Médicis se jactaba de poseer una “colección de personas de diferentes razas” a las que denominaba los bárbaros. Moros, tártaros, turcos y africanos eran utilizados como diversión por la nobleza y la burguesía de entonces totalmente deshumanizados.
Uno de los casos más aberrantes y famosos es el de Saartjie (también llamada Sara) Baartman. Nacida en 1789 en Sudáfrica. Su madre murió cuando tenía solo dos años y su padre, un trabajador rural. Empezó a trabajar como empleada doméstica para el empresario Hendrik Cesars, cerca de Ciudad del Cabo.
Aunque era analfabeta, firmó un contrato en octubre de 1810, por el que se comprometía a viajar, con Cesars y el cirujano inglés William Dunlop, a Inglaterra para aparecer en espectáculos itinerantes. La realidad era que Saartjie no había sido contratada como una actriz ni mucho menos, era vista por estos dos hombres como una posible atracción para hacer exhibiciones. Ella tenía una figura exuberante y eso hizo pensar a Dunlop que podían ganar mucho dinero exponiéndola al público europeo sediento de cosas diferentes.
Una vez en Europa, la comenzaron a llamar La Venus hotentote (el término ‘hotentote’ hoy es considerado despectivo porque es el que utilizaban los holandeses para describir a los grupos étnicos de los khoikhoi, khoisan o joisán) y fue obligada a desfilar desnuda por una plataforma mientras hombres, mujeres y niños la observaban con intriga. Quienes quisieran tocar sus glúteos prominentes debían pagar un poco más.
Cada día una multitud se agolpaba en el callejón en Piccadilly Circus, todos querían entrar al Hall Egipcio para verla. Durante el humillante espectáculo debía hacer caso a Dunlop, como un animal adiestrado y obediente. En los carteles lo anunciaban así: Un fenómeno de la naturaleza, La Venus Hotentote, la única jamás exhibida en Europa.
Algunos grupos antiesclavistas levantaron la voz en contra de la alevosa explotación. Estuvieron a punto de lograr que ese espectáculo circense fuese clausurado, pero al final nada sucedió porque Dunlop exhibió el contrato firmado por Saartjie y ella admitió haber dado su consentimiento.
Si bien el Imperio británico ya había abolido la trata de esclavos en 1807, la esclavitud seguía vigente.
Luego de más protestas, el negocio con Saartjie perdió interés para el público y terminaron saliendo de gira por el interior. En 1814 terminaron en París donde Saartjie volvió a convertirse en una celebridad. Tomó cócteles en el Café de París y asistió a las fiestas de la alta sociedad, pero esta relativa buena vida duró muy poco porque su “propietario” Cesars volvió a Sudáfrica y Saartjie quedó en manos de un “exhibidor de animales” llamado Reaux quien la expuso durante quince meses más.
En aquellos tiempos unos científicos franceses se acercaron, con su consentimiento, para estudiarla. Esos estudios demostraron que era una mujer inteligente, que tenía muchísima memoria y que hablaba neerlandés fluido. Cuando los parisinos se aburrieron de verla, el negocio se acabó y la joven fue obligada a prostituirse para ganar dinero. Saartjie murió el 29 de diciembre de 1815 con 25 años.
Pero su fallecimiento no detuvo el cruel show con su imagen. Los mismos científicos decidieron preservar sus nalgas, sus labios vaginales, su vulva y cerebro en frascos con formol. Permanecieron expuestos en el Museo del Hombre en París hasta 1974.
Dos décadas después, luego de haber sido elegido presidente de Sudáfrica, Nelson Mandela solicitó la repatriación de sus restos. Recién en 2002 el gobierno francés autorizó el traslado y Saartjie fue enterrada en una colina con vista del río Gamtoos, el lugar donde había nacido.
En 1840 dos niños originarios de El Salvador, con microcefalia y discapacidad mental severa, fueron vendidos por su madre, a un comerciante que prometió educarlos, por un poco de oro. Máximo tenía unos 10 años y Bartola 8. El sujeto no hizo nada de eso sino todo lo contrario. Se dedicó a ganar dinero aprovechándose de su extraño aspecto.
El mundo en aquel momento ya se regía con otros parámetros morales y los desafortunados niños hacían reír como los bufones de los reyes.
Un biólogo que los examinó en Londres, Richard Owen, no los consideró aztecas sino mestizos de sangre española e india americana.
En noviembre de 1860 fueron nuevamente exhibidos en el Museo Barnum de Nueva York junto a Chan y Eng Bunker (los primeros siameses famosos llamados así porque provenían de Siam, la actual Tailandia).
Máximo y Bartola no solo fueron explotados durante unos sesenta años, sino que también fueron utilizados de manera macabra por la medicina y la antropología, ciencias que los estudiaron como evidencia de una “especie degenerada”. El racismo también era científico.
En las ciudades de Londres, París, Oslo y Hamburgo, durante el siglo XIX, se realizaron numerosas exhibiciones humanas de concurrencia masiva. Uno de sus promotores fue el zoólogo, domador y director de circo alemán, Carl Hagenbeck. A él se le ocurrió impulsar exhibiciones de animales en espacios abiertos, sin jaulas ni barrotes, como si estuviesen en su hábitat natural. Fue en 1870 que el Jardín de la Aclimatación de París, un predio de 19 hectáreas inaugurado una década antes, convirtió un área del mismo en una especie de “zoo humano” donde se dispusieron familias enteras de indígenas de todo el planeta especialmente los provenientes de las colonias. Eran mostrados en sus tiendas, con sus trineos y sus arpones.
En 1876 Hagenbeck mandó a que trajeran de Sudán animales salvajes y personas nativas para una muestra que se llamó Nuba. Ésta recorrió París, Londres y Berlín con muchísimo éxito. Hagenbeck fue más lejos e hizo trasladar también a numerosos inuit esquimales, indígenas de los territorios árticos para ser exhibidos en el Hamburg Tierpark como “salvajes” en su estado natural.
Los llamados salvajes eran exhibidos mientras los verdaderos salvajes miraban. Paradojas de la humanidad.
Desde el sur de Chile llegaron a París, en 1881, 11 kawésqar (un pueblo nómade, originario de la zona austral de Chile y Argentina) para ser exhibidos en el Jardín de la Aclimatación. Luego de París la gira continuó hacia Berlín donde fueron expuestos durante tres semanas más y alojados en el recinto de los avestruces. Comenzaron a tener problemas de salud y fue de camino a Zúrich que una de las pequeñas murió. Tuvieron que cancelar las presentaciones y hacerlos regresar a Punta Arenas.
En 1889 para las fiestas por el centenario de la revolución se realizó en París una Exposición Universal bajo el lema de “Igualdad, fraternidad y libertad”. Ironías aparte fue con este marco que se expuso a una familia de indígenas selknam. Se dice que fueron raptados y llevados atados con cadenas hasta Francia para ser presentados como “caníbales tras las rejas”. En realidad, todo eso formaba parte del espectáculo: los organizadores querían que se vieran como unos verdaderos y primitivos salvajes.
En 1897 el rey Leopoldo II de Bélgica importó 267 personas del Congo para tenerlos como adornos exóticos en su palacio Tervuren. Los congoleños remaban sus canoas por los lagos reales cruzados por puentes colgantes para que los visitantes tuvieran una mejor vista de ellos. Siete de los indígenas murieron de neumonía o gripe y sus cuerpos fueron arrojados a una fosa común del cementerio local.
El Palacio de Cristal del Retiro en Madrid fue especialmente construido para la Exposición General de Filipinas, en 1887, donde el Ministerio de Ultramar exhibió a un grupo de unas 50 personas de Filipinas, que era entonces colonia española antes de pasar a pertenecer a los Estados Unidos. Las personas se mostraban como mercadería junto a productos y plantas locales. Durante la exposición murieron cuatro de ellos.
En los años subsiguientes otras empresas privadas, buscando lucrar, organizaron exposiciones similares tanto en Madrid como en Barcelona y realizaron muestras con los originarios de Ghana y los inuits. Hasta 1918 se expusieron a distintos africanos en la Ronda de la Universitat de Barcelona quienes después fueron trasladados a otros países de Europa. En Oslo, Noruega en 1914, se llevó a cabo durante cinco meses, una expo de un pequeño pueblo de 80 personas de origen africano que se vestían y mantenían sus costumbres. Se llamó Villa Congo aunque estaba asentada en el frío del norte europeo.
Si bien decían buscar ilustrar cómo vivían los distintos pueblos colonizados del mundo, recreando sus poblados y costumbres, en realidad no eran más que una muestra de la curiosidad morbosa y del racismo imperantes.
El país de las “quintillizas”, Quitland
La mañana del 28 de mayo de 1934, en Corbeil, Canadá, el doctor Allan Dafoe ayudó al nacimiento de quintillizas en una granja. Era un hecho inédito porque las pequeñas Dionne: Yvonne, Annette, Cécile, Ëmilie y Marie sobrevivieron.
Fueron fotografiadas para que el mundo fuera testigo de esa rareza viviente. Si bien al principio la atención de los medios fue percibida por la familia como un beneficio con el tiempo los resultados demostraron que no lo fue.
La granja se transformó con rapidez en una especie de zoológico o circo: cientos de visitantes cada día querían ver a las niñas.
El papá de las chicas, Oliva Dionne, estaba sumamente preocupado por los gastos para mantenerlas y le preguntó al sacerdote del lugar qué debía hacer, si mostrarlas por dinero o no. El cura apoyó la idea de hacerlo y se convirtió en su gestor comercial. El padre aceptó inicialmente que sus hijas fueran exhibidas en la feria mundial de Chicago y firmó el contrato. Aunque luego quiso cancelarlo, no pudo revertir el compromiso. Las cosas llegaron a tal punto que desde la oficina del fiscal general de Ontario les propusieron a los padres ceder la custodia de las bebés a la Cruz Roja durante dos años.
Para eso se construyó un hospital al otro lado de la calle, frente a la granja. Las bebés quedaron allí con un equipo de enfermeras. Sus padres Oliva y Elzire casi no podían verlas a solas. Meses después, el primer ministro de Ontario propuso un proyecto de ley para quitarles la guarda de las menores y que estas pasaran a depender del estado argumentando que eso las iba a proteger de la explotación. El proyecto fue aprobado: serían criadas por el doctor Dafoe y las enfermeras. Pero el resultado no fue el objetivo que se había esgrimido sino todo lo contrario. Las quintillizas Dionne fueron parte de una expo permanente donde eran observadas cada día por 6000 espectadores. Fuera del lugar se habían instalado tiendas que vendían souvenirs.
Había nacido Quintland (el país de las quintillizas), un parque de atracciones que atraía oleadas de visitantes. En 1937 Quintland fue el destino más concurrido del país, por encima de las Cataratas del Niágara. Todo el dinero recaudado fue para el erario público.
Recién en 1943 sus padres lograron ganar el juicio para recuperarlas. Compraron, con los fondos que pudieron rescatar de la Fundación Dionne, una casa enorme con 20 dormitorios. Pero no resultó un hogar feliz para nada. Emilie fue la primera en morir con veinte años, luego de un ataque de epilepsia. Cuatro décadas después, tres de ellas sostuvieron que su padre las había abusado sexualmente durante la adolescencia.
Kongorama: Bruselas 1958
La Exposición Universal e Internacional de Bruselas se promocionó un año antes de llevarse a cabo, en julio de 1957, en el Correo de la UNESCO. Si leyeron bien: la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. Allí se decía que habría un jardín tropical con plantas africanas. La consigna era: “50 años de labor civilizadora en las esferas social, económica y religiosa”. En ese espacio de unas tres hectáreas, bautizado Kongorama, se expusieron a 183 familias (273 hombres, 128 mujeres y 197 niños). Sus integrantes vivían en un edificio desde donde se los trasladaba diariamente, en ómnibus, hasta la exposición. En la feria se vestían con sus ropas típicas y trabajaban en sus artesanías lo que conformaban una especie de experimento etnográfico. La gente se acercaba para acariciarlos y darles de comer. Cansados de ser tratados como mascotas, los indígenas no prestaban mucha atención a los visitantes. Los turistas se burlaban de ellos y recurrían a arrojarles monedas o bananas por sobre el cerco.
Los zoológicos humanos y los circos montados sobre lo diferente, fueron experimentos y diversiones siniestras que todos los países donde ocurrieron prefieren enterrar en el olvido.
El 21 de diciembre de 1965 la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas dio un paso más y aprobó la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas Formas de Discriminación Racial.
En 1994 se expuso una recreación de un pueblo de Costa de Marfil como parte de un safari en el recinto de Planète Sauvage, un zoológico de Port Saint-Père, Francia, y el zoológico de Augsburgo, en Alemania, armó en julio de 2005 una aldea africana. En agosto de ese año, el zoo de Londres exhibió a participantes voluntarios desnudos y, en 2007, el zoo de Adelaida, en Australia, realizó un estudio en que un grupo de personas simulaban el encierro de un primate durante el día para volver a sus hogares por la noche.
En noviembre de 2014, en el barrio de Saint Denis, en París, la gente protestó en la puerta del teatro municipal donde había hombres y mujeres de distintas etnias, algunos desnudos, posando como si fueran piezas de arte de un museo. Esta muestra, llamada Exhibit B, ya había sido cancelada en Londres en 2013 porque retrotraía a los horrores de la historia reciente de los zoológicos con humanos.
En fin, arte y racismo a veces también se rozan generando ásperas discusiones: ¿cómo enseñar los errores del pasado? ¿cómo aceptar las diferencias y ser absolutamente inclusivos? ¿de qué manera llamar la atención sobre las atrocidades y la discriminación sin ejercerla en lo más mínimo?
Esa es la cuestión. Porque, aunque se busque concientizar, se camina por un peligroso filo. Sobre todo, si el dinero mete la cola.
El pasado puede ayudarnos a entender el presente y tal vez pueda enseñarnos que todavía andamos por un camino en el que hay demasiado por aprender.





