El sedentarismo es uno de los principales problemas de salud a nivel mundial, pero no todas las personas viven la actividad física de la misma manera. Según un relevamiento realizado sobre 6.000 participantes, una de cada tres personas considera al ejercicio como el mejor —o el peor— momento del día: mientras un 23% lo disfruta y lo necesita, un 14% directamente lo evita.

Detrás de estas diferencias hay factores biológicos, psicológicos y sociales que la ciencia viene estudiando desde hace años. Uno de los elementos clave es la liberación de una molécula conocida como BDNF (factor neurotrófico derivado del cerebro), fundamental para el bienestar mental. Diversos estudios en el campo de la Neurociencia, como los publicados en revistas especializadas como Journal of Neuroscience y Nature Reviews Neuroscience, demuestran que el ejercicio físico estimula la producción de esta proteína, favoreciendo la memoria, el estado de ánimo y la salud cerebral.
Sin embargo, no todas las personas liberan la misma cantidad de BDNF ante el mismo esfuerzo. Investigaciones del National Institutes of Health y de la Harvard Medical School indican que las diferencias genéticas influyen en cómo el cuerpo responde al ejercicio. Mientras algunos experimentan una fuerte liberación de endorfinas —lo que genera sensación de placer y bienestar—, otros no alcanzan ese mismo efecto, e incluso pueden sentirse desanimados después de entrenar. No se trata de falta de voluntad, sino de una respuesta biológica distinta.
A esto se suma la habilidad física natural, donde la genética vuelve a tener un papel importante. Pero aquí también interviene el entorno: experiencias negativas durante la infancia o adolescencia, especialmente en el ámbito escolar o deportivo, pueden generar rechazo hacia la actividad física. Especialistas en Psicología del deporte sostienen que las vivencias tempranas influyen de manera determinante en la relación que una persona desarrolla con el ejercicio a lo largo de su vida.
Otro factor relevante es la tolerancia al dolor. Estudios publicados en Medicine & Science in Sports & Exercise señalan que los deportistas entrenados suelen tener un umbral de dolor más alto que las personas sedentarias, lo que les permite soportar mejor el esfuerzo físico. Esta capacidad también está influida tanto por la genética como por la adaptación progresiva del cuerpo al entrenamiento.
En definitiva, la resistencia o el entusiasmo hacia el ejercicio no dependen únicamente de la voluntad. La ciencia demuestra que intervienen múltiples factores, desde la biología hasta las experiencias personales. Comprender estas diferencias es clave para promover hábitos saludables de manera más empática y efectiva, adaptando la actividad física a las necesidades y características de cada persona.




