Saborea los más de 800 años de historia detrás de un helado de matcha

Por Natali Monterrosa Bazzaglia

Hay un secreto a voces -y, de paso, una deliciosa rivalidad- entre los amantes del helado: cada quien defiende su sabor predilecto con una convicción casi inquebrantable. No hay otro igual. No hay sustituto posible. Quizás conoces a ese amigo que recita su jerarquía de sabores con precisión absoluta – “si no hay este… pido este”- o a quien protege su cono como un tesoro, negando incluso el más mínimo intercambio. Y es que, seamos claros: el helado es, en muchos sentidos, sagrado.

Pero este año, tanto los devotos del pistacho como los fieles a la menta tendrán que hacer espacio en el podio. Un nuevo protagonista, tan vibrante como inesperado, se abre paso con elegancia: el helado de matcha. El té verde japonés, terroso, complejo, profundamente aromático, ha trascendido la ceremonia tradicional para instalarse con fuerza en el universo de los postres, y particularmente, en el del soft serve.

Lo entendí en el instante en que lo vi pasar. Un verde intenso, casi hipnótico, que capturó mi atención de inmediato. ¿Verde? ¿En un helado? La curiosidad fue inevitable. Demasiado profundo para ser pistacho, demasiado sofisticado para la menta. Tenía que probarlo.

La búsqueda me llevó hasta Aventura, al interior de uno de sus centros comerciales más exclusivos, Aventura Mall donde se esconde una pequeña joya: Sakura Japanese Ice Cream.

Una heladería japonesa de espíritu boutique que, desde su ubicación privilegiada, atrae miradas con una propuesta tan estética como sensorial.

El menú ofrece múltiples tentaciones, pero yo tenía un objetivo claro. Iba tras lo verde.

No fue sorpresa confirmar mis sospechas. El nombre lo insinuaba, el color lo proclamaba: matcha. Y para quien ya ha caído bajo su encanto -en chocolates, lattes o batidos-, dar el siguiente paso era casi inevitable.

Aquí, la experiencia comienza mucho antes del primer bocado. El helado cobra vida frente a ti, girando delicadamente en una máquina de soft serve que, en cuestión de segundos, da forma a una textura casi etérea. Hay algo hipnótico en el proceso, una coreografía precisa que oculta siglos de tradición: el matcha, con más de 800 años de historia, convertido ante mis ojos en una expresión contemporánea.

Perdida en ese instante, me entregan mi cono: verde, etéreo, casi peludo. (Mi intriga está en su punto máximo).

Camino con él como quien transporta algo frágil, buscando el lugar perfecto para detener el tiempo. Incluso tocarlo parece un gesto precipitado. Hay en su estética una precisión silenciosa, ese sello japonés donde la perfección no necesita explicación.

Y entonces, el momento.

El primer bocado es revelador. Dulce, sí, pero con una sutileza inesperada. Nada pesado, nada invasivo. Solo equilibrio. La mente duda por un segundo -ese verde intenso no anticipa dulzura-, pero el paladar entiende antes que ella. Y vuelve a intentarlo. Una vez más. Y otra.

Y con cada bocado se revelaba ese talento gastronómico que, cuando es auténtico, trasciende el sabor: une texturas, despierta los sentidos y eleva lo cotidiano hasta convertirlo en un instante que perdura.

Matcha: historia en cada sorbo

Después de todo, vale la pena hacer un breve, pero revelador, recorrido por la historia del matcha.

Aunque muchos lo asocian directamente con Japón, el matcha tiene sus raíces en China, donde comenzó a cultivarse durante la dinastía Tang, entre los siglos VII y X. Fue allí donde surgió la práctica de moler las hojas de té verde secas hasta convertirlas en un fino polvo, una innovación que transformó la manera de consumirlo.

Sin embargo, sería en Japón donde este ingrediente encontraría su máxima expresión. En el siglo XII, el monje budista japonés Eisai regresó a su país tras estudiar budismo zen en China, llevando consigo el té verde en polvo. Con él, no solo introdujo una bebida, sino también una filosofía.

Los monjes comenzaron a consumir matcha antes de sus largas sesiones de meditación, valorando su capacidad única para mantener la mente alerta y, al mismo tiempo, en calma. Esta cualidad se debe a la combinación natural de cafeína y L-teanina, que proporciona energía sostenida sin la agitación típica de otras bebidas estimulantes.

Con el paso del tiempo, lo que comenzó como una práctica funcional evolucionó hacia un arte profundamente ritualizado. Así nació la ceremonia del té japonesa un acto que trasciende lo cotidiano para convertirse en una experiencia estética, espiritual y cultural.

Para el viajero contemporáneo, un tazón de matcha es mucho más que una bebida: es una puerta a la historia. En lugares como Kioto, especialmente en casas de té tradicionales, cada sorbo conecta con una tradición que comenzó hace casi 900 años, cuando monjes emprendían sus propios viajes en busca de conocimiento, disciplina y equilibrio.

El matcha vive su mejor momento

La viralidad del matcha, en su versión más contemporánea, no deja de sorprender.

Hoy aparece en todas partes: lattes, batidos, postres, chocolates e incluso en propuestas saladas. En Japón, por ejemplo, existe el matcha-jio, una mezcla de sal con matcha que se utiliza para realzar sabores en platos tradicionales. Su versatilidad es, sin duda, parte de su encanto: logra integrarse con naturalidad en distintas preparaciones, aportando ese carácter distintivo -profundo, ligeramente terroso y elegante- que lo hace inconfundible.

Pero hay otro factor clave en su éxito: el color. Ese verde vibrante que cautiva a primera vista y que, en la era de lo visual, lo convierte en protagonista instantáneo. No es casualidad que el matcha se haya vuelto un favorito en redes sociales: es tan fotogénico como delicioso.

Y ahora, en su versión más indulgente, conquista el mundo del helado.

Quizás también influye un dato que muchos valoran hoy: a diferencia del café, el matcha libera energía de forma más sostenida gracias a la L-teanina, lo que lo convierte en un placer que no solo seduce al paladar, sino que acompaña el ritmo del día con mayor suavidad.

Al final, para nosotros, los verdaderos amantes del helado, la búsqueda es constante: ese próximo sabor que sorprenda, que despierte curiosidad y que, al primer bocado, nos arranque un espontáneo “wow”.

Y fue exactamente eso lo que ocurrió en aquel pasillo de Aventura: un instante inesperado, un color imposible de ignorar y un sabor que, sin hacer ruido, terminó por quedarse. Porque a veces, las tendencias van y vienen… pero hay descubrimientos, como ese helado verde intenso, que simplemente permanecen.

Y si eres de los que viajan en busca de nuevos sabores, o simplemente te dejas sorprender en el camino, cuando te encuentres frente a ese inconfundible verde… ¿te atreverías a probarlo?