David Hawkins y el arte de silenciar la mente: por qué pensamos tanto y cómo aprender a soltar

El médico psiquiatra y escritor David R. Hawkins dedicó buena parte de su obra a explorar la conciencia humana, el ego y los mecanismos internos que nos mantienen atrapados en pensamientos y emociones. En libros como Poder contra fuerza y Dejar ir, propone una mirada que invita a detenerse y formular una pregunta que muchas personas se hacen en algún momento de su vida: ¿cómo se silencia la mente?

La mente parece tener dificultades para permanecer en el presente. Mientras el cuerpo está aquí, en este instante, los pensamientos suelen viajar hacia el futuro para anticipar posibles problemas o regresar al pasado para revisar errores, pérdidas y situaciones que ya no pueden modificarse.

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Nos preocupamos por lo que podría ocurrir, imaginamos escenarios negativos y repasamos conversaciones que terminaron hace tiempo. Aunque ese movimiento puede parecer involuntario, Hawkins sostiene que detrás de muchos de esos pensamientos existe una recompensa psicológica que contribuye a mantenerlos activos.

La recompensa oculta detrás de nuestros pensamientos

En Dejar ir, Hawkins explora la relación entre los pensamientos, las emociones y el ego. Desde su perspectiva, no siempre repetimos una preocupación porque nos haga bien, sino porque, de alguna manera, obtenemos algo de ella.

Esa recompensa no necesariamente produce felicidad. Puede manifestarse como una sensación de control frente a la incertidumbre, la satisfacción de tener razón en una discusión, la necesidad de sentirnos importantes o la posibilidad de ocupar el lugar de víctimas de una situación.

También puede aparecer cuando culpamos a otras personas por lo que nos sucede. La culpa dirigida hacia afuera puede ofrecernos una explicación sencilla para nuestro malestar y evitar que tengamos que enfrentarnos a emociones más difíciles de reconocer.

Así, incluso los pensamientos que nos generan angustia pueden cumplir una función para el ego. Nos mantienen ocupados, refuerzan una determinada imagen de nosotros mismos y nos permiten seguir interpretando la realidad desde una posición conocida.

El problema es que esa recompensa suele tener un costo: la repetición del sufrimiento.

El ego necesita estar ocupado

Una de las ideas centrales que se desprenden de la propuesta de Hawkins es que el ego busca conservar su protagonismo. Cuando no encuentra un conflicto que resolver, una amenaza que anticipar o una situación que revisar, puede generar nuevos motivos de preocupación.

El futuro se convierte entonces en una fuente inagotable de problemas posibles, mientras que el pasado ofrece una colección de arrepentimientos, reproches y explicaciones.

¿Qué habría pasado si hubiéramos actuado de otra manera? ¿Y si mañana ocurre aquello que tanto tememos? ¿Por qué alguien nos trató de determinada forma? ¿Cómo podríamos haber evitado lo que sucedió?

Las preguntas se multiplican y la mente permanece activa, como si pensar constantemente fuera una forma de protegernos.

Sin embargo, pensar en un problema no siempre significa estar resolviéndolo. En ocasiones, solo estamos recorriendo una y otra vez el mismo camino mental, sin alcanzar una conclusión diferente.

Desde esta perspectiva, el ego encuentra en la actividad constante una forma de sostener su identidad. El silencio, en cambio, implica dejar de alimentar temporalmente esa necesidad de controlar, explicar y juzgarlo todo.

Dejar ir: reconocer la emoción sin luchar contra ella

El método que Hawkins desarrolla en su libro consiste en permitir que las emociones sean reconocidas y experimentadas, en lugar de reprimirlas, combatirlas o intentar justificarlas permanentemente.

La propuesta no implica negar lo que sentimos ni fingir que un problema no existe. Se trata de observar el malestar, identificar la necesidad o la recompensa que puede estar asociada a él y dejar de aferrarse a esa dinámica.

Por ejemplo, una persona puede pasar horas repasando una discusión porque necesita demostrar que tenía razón. Otra puede permanecer atrapada en un recuerdo porque todavía espera que el pasado hubiera sido diferente.

El ejercicio consiste en observar qué ocurre internamente: ¿qué estoy intentando conseguir al mantener vivo este pensamiento? ¿Necesito tener razón? ¿Busco controlar algo que no puedo controlar? ¿Me cuesta aceptar una emoción que preferiría no sentir?

Reconocer esas motivaciones permite tomar cierta distancia de ellas.

En lugar de alimentar el pensamiento con nuevos argumentos, Hawkins propone soltar el apego que lo mantiene activo. No se trata de obligarse a dejar de pensar, sino de abandonar gradualmente la necesidad de seguir sosteniendo aquello que genera sufrimiento.

¿Y si también soltamos el deseo de dejar de pensar?

Aquí aparece una de las cuestiones más interesantes de esta propuesta: el intento de silenciar la mente puede convertirse en otra forma de lucha mental.

Cuando una persona se repite que debe dejar de pensar, puede terminar frustrándose porque los pensamientos continúan apareciendo. Entonces comienza a juzgarse por no conseguir tranquilidad, transformando la búsqueda de paz en una nueva fuente de tensión.

La invitación de Hawkins es ir un paso más allá: soltar no solo los pensamientos que nos incomodan, sino también la exigencia de controlar por completo nuestra experiencia interna.

Esto supone aceptar que los pensamientos pueden aparecer sin que tengamos que seguirlos, discutir con ellos o convertirlos en el centro de nuestra atención.

El silencio mental no necesariamente consiste en conseguir que no aparezca ningún pensamiento, sino en dejar de estar dominados por cada pensamiento que aparece.

Esta distinción resulta importante porque permite comprender que la tranquilidad no depende siempre de eliminar todo movimiento interno. También puede surgir de una relación diferente con aquello que pensamos y sentimos.

La entrega y la confianza en algo más grande

En la dimensión espiritual de su obra, Hawkins propone llevar el acto de soltar hasta la necesidad de controlar la propia existencia. En su enfoque, la entrega a Dios representa la posibilidad de abandonar la pretensión de dirigirlo todo mediante la voluntad personal.

Desde esa perspectiva, incluso el impulso de sobrevivir, controlar cada resultado y garantizar que todo salga como esperamos puede convertirse en una fuente de tensión cuando se transforma en una exigencia absoluta.

Dejar ese asunto en manos de Dios, tal como plantea Hawkins desde su visión espiritual, significa reconocer los límites del control individual y aceptar que no todo depende de nosotros.

Esta idea no implica abandonar las responsabilidades ni dejar de actuar ante los problemas reales. Puede entenderse, más bien, como una invitación a distinguir entre aquello sobre lo que podemos intervenir y aquello que debemos aprender a aceptar.

La confianza espiritual funciona aquí como una forma de entrega: hacer lo que corresponde sin pretender controlar cada consecuencia.

Entonces, ¿cómo se silencia la mente?

La propuesta de Hawkins no ofrece una fórmula mágica para eliminar los pensamientos. Su planteo invita a observar el mecanismo que nos mantiene enganchados a ellos.

En la práctica, el camino puede comenzar con pequeños gestos: reconocer una emoción sin juzgarla, advertir cuándo estamos anticipando una catástrofe, aceptar que el pasado no puede modificarse y preguntarnos qué necesidad intentamos satisfacer al repetir una preocupación.

También supone aprender a permanecer unos instantes con lo que sentimos, sin buscar inmediatamente una explicación o una solución.

Estas ideas forman parte de un enfoque espiritual y de autoayuda. Aunque algunas de sus prácticas pueden resultar útiles para la introspección, sus explicaciones sobre el ego y la conciencia no deben confundirse con conclusiones científicas universalmente demostradas.

La mente también cumple funciones esenciales: planifica, recuerda, detecta peligros y permite resolver problemas. El desafío no es eliminar esas capacidades, sino evitar que la preocupación y la rumiación ocupen todo nuestro espacio interior.

Quizás la pregunta más importante no sea cómo conseguir que la mente deje de pensar, sino por qué sentimos la necesidad de seguir cada pensamiento hasta el final.

Porque a veces no necesitamos encontrar una respuesta nueva, reconstruir una historia antigua o anticipar todas las posibilidades futuras. A veces necesitamos reconocer lo que sentimos, dejar de alimentar el conflicto y permitir que el momento presente vuelva a tener espacio.

En el fondo, la invitación de Dejar ir es sencilla de expresar, aunque no siempre resulte fácil llevarla a la práctica: dejar de luchar contra cada experiencia interna y aprender a soltar aquello que ya no necesitamos seguir sosteniendo.