En un mundo donde muchas veces nos enseñan a “controlar” lo que sentimos o a no mostrar vulnerabilidad, la neurociencia emocional viene a aportar una mirada profundamente humana y científica: ponerle nombre a una emoción no solo es saludable, sino que modifica la actividad de nuestro cerebro de manera real y medible.

El concepto de “affect labeling” o etiquetado emocional —poner en palabras lo que uno está sintiendo— ha sido objeto de múltiples estudios en neurociencia cognitiva y afectiva. Este proceso no es un simple guiño de la psicología popular: tiene base en investigaciones con imágenes de resonancia magnética funcional (fMRI) que muestran cómo cambia la actividad cerebral cuando las personas identifican sus sentimientos.
💡 Hallazgos científicos clave:
🔹 Reducción de la respuesta emocional automática. Un estudio pionero liderado por el psicólogo Matthew D. Lieberman encontró que cuando las personas nombran una emoción, la actividad de la amígdala —una estructura asociada a la respuesta de alarma y estrés— se reduce significativamente. Al mismo tiempo, aumenta la actividad en la corteza prefrontal ventrolateral, una región vinculada con la regulación y procesamiento cognitivo de las emociones.
🔹 Este efecto se observa incluso cuando la emoción es provocada por estímulos visuales intensos (por ejemplo, imágenes de caras expresando miedo o enojo): el simple acto de decir “esto es enfado / miedo / tristeza” atenúa la señal de alarma en el cerebro y ayuda a manejar la reacción emocional.
🔹 Estudios posteriores confirman que nombrar emociones está asociado con menores niveles de reactividad emocional y una mayor capacidad para regular sentimientos difíciles, un indicador que puede favorecer la salud mental a largo plazo.
🔹 Además, investigaciones sobre cómo el cerebro representa las palabras relacionadas con emociones sugieren que estas etiquetas no son superficiales: son procesadas de manera amplia por redes cerebrales que conectan pensamiento, sensación y experiencia emocional, implicando regiones prefrontal, límbicas y sensoriomotoras.
¿Qué significa todo esto para nosotros?
Los hallazgos respaldan lo que muchos ya intuían: nombrar lo que sentimos no es negar, minimizar ni ignorar nuestra experiencia emocional. Es organizarla, darle sentido y permitir que nuestra mente y nuestro cuerpo la procesen de manera más adaptativa. Al hacerlo, entramos en un estado de mayor coherencia interna, donde la emoción deja de dominar y pasa a formar parte de una respuesta más integrada y flexible.
En un contexto cada vez más exigente y acelerado, estas evidencias científicas ofrecen una herramienta simple y poderosa: cuando lo que sentimos recibe un nombre, nuestro cerebro se tranquiliza, nuestro pensamiento se clarifica y somos más capaces de responder —en lugar de reaccionar— ante la vida





