Travesía — 2.300 metros por un krapfen
Para nuestra Travesía de esta semana nos vamos hasta Italia. Pero esta vez no vamos buscando una playa paradisíaca, una ciudad histórica ni siquiera una cima.
Vamos a subir 2.300 metros por un pastelito.
Sí, escucharon bien.
En las Dolomitas italianas, en plena Val di Fassa, se encuentra el refugio de montaña Friedrich August, rodeado por algunos de los paisajes más impresionantes de los Alpes, con vistas al Sassolungo, el grupo del Sella y la Marmolada.
Pero este verano ocurrió algo curioso: las montañas dejaron de ser las únicas protagonistas.
Porque cientos de personas comenzaron a llegar hasta allí buscando un krapfen.
Se trata de una especie de bombolón o dona alpina: una masa dorada y esponjosa, recién preparada, rellena de crema de vainilla y cubierta con azúcar impalpable. ¿El precio? Entre 3 y 4 euros.
Y lo más curioso es que el refugio lleva preparando estos dulces desde hace aproximadamente 40 años.
La diferencia es que ahora existen TikTok e Instagram.
Unos cuantos videos fueron suficientes para transformar una tradición gastronómica de montaña en uno de los bocados más virales del verano europeo.

Los krapfen comienzan a salir alrededor de las 7:30 de la mañana y pueden agotarse antes de las diez. Y ahí empieza la verdadera travesía.
Hay viajeros que madrugan, otros que llegan prácticamente con el amanecer y se han registrado filas de hasta 300 personas esperando su turno.
Todos buscan exactamente lo mismo: krapfen caliente, café en mano, las Dolomitas de fondo… foto… y directo a las redes sociales.
Y fíjense qué curioso: hace algunos años uno podía subir una montaña simplemente por disfrutar de la montaña.
Hoy podemos elegir una montaña porque vimos un pastelito en TikTok.
La popularidad fue tan grande que el fenómeno incluso abrió un debate sobre el turismo masivo o overtourism, y sobre cómo las redes sociales pueden convertir casi de la noche a la mañana un lugar tranquilo en un destino turístico multitudinario.
Y existe una ironía deliciosa en toda esta historia.
El krapfen no es nuevo.
Lleva décadas esperando allá arriba.
Los que cambiamos fuimos nosotros.
Ahora alcanza un video de quince segundos para conseguir que cientos de personas pongan la alarma antes del amanecer y emprendan una caminata por la montaña detrás de algo que, hasta hace poco, probablemente ni siquiera sabían cómo pronunciar.
Así que la pregunta para Ricky y para todos los oyentes es:
¿Ustedes subirían hasta los 2.300 metros y esperarían en una fila de cientos de personas por un krapfen viral?
Porque después de semejante travesía, si llego a las 10:01 y me dicen que se terminaron…
ahí sí comienza la verdadera travesura.
Travesura — ¿Demasiado desnuda para volar?
Y ahora sí, nuestra Travesura de la semana comienza con una pregunta aparentemente sencilla:
¿Existe un límite a la hora de vestirse para subir a un avión?
Parece que sí… aunque nadie tenga demasiado claro dónde está ese límite.
La protagonista de esta historia es Edda Pilz, exfutbolista e influencer fitness alemana, quien llegó al aeropuerto de Berlín para tomar un vuelo de Lufthansa vestida con shorts cortos y un top deportivo.
Hacía unos 30 grados y, según contó, simplemente había elegido ropa cómoda para afrontar el viaje.
Pero cuando llegó el momento de abordar, una empleada de la aerolínea la detuvo.
Según relató Pilz, le indicaron que con esa vestimenta no podía subir al avión porque consideraban que estaba prácticamente “desnuda”.
La solución fue bastante sencilla: tuvo que ponerse una sudadera con capucha y, según su propio relato, incluso cerrarla completamente antes de que finalmente le permitieran abordar.
La situación generó rápidamente repercusión en redes sociales.
Lufthansa explicó posteriormente que espera que los pasajeros utilicen una vestimenta acorde con el carácter de un viaje público y que no afecte el bienestar de los demás viajeros.
Pero hay un detalle importante:
la aerolínea no tiene una regla específica que determine cuánto debe medir un pantalón o cuánto debe cubrir una camiseta.
Y ahí entramos en una enorme zona gris.
Porque el avión hace tiempo dejó de ser aquel lugar donde uno se vestía de punta en blanco para viajar.
Hoy vemos pasajeros con leggings, shorts, crop tops, sandalias, ropa deportiva e incluso personas que prácticamente parecen haber salido de la cama directamente hacia la terminal.
Pero entonces aparece la pregunta:
¿comodidad significa que todo vale?
Y acá se las dejamos picando a ustedes, Ricky y a todos nuestros oyentes:
¿Dónde pondrían el límite?
¿Un top deportivo y shorts son simplemente ropa cómoda para viajar?
¿O existen determinadas prendas que deberían quedar fuera del avión?
Y quizás la pregunta más interesante de todas:
si no existe un código de vestimenta claramente establecido, ¿debería quedar en manos de una persona en la puerta de embarque decidir si alguien está demasiado “desnudo” para volar?
Porque una cosa es segura:
entre un krapfen a 2.300 metros y una sudadera obligatoria antes de despegar, esta semana “Travesías y Travesuras” vino cargadita.





