Por Natali Monterrosa Bazzaglia

No suelo decir algo así a la ligera, pero al viajar todos hemos sucumbido a la misma magia: lo más insignificante se vuelve extraordinario y los sentidos despiertan con una intensidad desconocida.
¿Pero de qué hablo?
Cuando viajamos, por la propia naturaleza de abandonar lo conocido, dejamos atrás también esos detalles que se entrelazan con nuestra rutina. Nos vemos obligados a soltar muchos de nuestros hábitos para vivir una experiencia genuina durante las vacaciones.
En otras palabras, le somos infieles temporalmente a lo habitual para entregarnos a algo nuevo, distinto, auténtico.
Para entenderlo mejor, vayamos por partes.
Siendo infieles con el paladar
Seamos sinceros: uno de los grandes atractivos de viajar es la gastronomía del destino. Algunos eligen sus vacaciones en función de ella; otros la descubren por el camino. Sea como sea, nuestro paladar termina guiando muchas decisiones.
Uno puede pasar años defendiendo sus cafés favoritos hasta que llega una mañana en Roma y comprende que jamás volverá a mirar un espresso de la misma manera. El aroma que desprende, junto con el ambiente pintoresco que lo rodea, parece conspirar para dejar una huella imborrable a través de una taza aparentemente sencilla. Ese café italiano.
Y una vez que sabes que existe, que está ahí, a la vuelta de la esquina, dime que no intentas revivir ese momento una y otra vez. Durante tu estancia en Roma sales a buscarlo casi obsesivamente, olvidando por completo el café de cada mañana en casa.
¿Quieres otro ejemplo de la deliciosa infidelidad del paladar?
Caminando bajo las luces de la ciudad, descubres en Tokio un pequeño local de ramen escondido en una calle diminuta y, de repente, el tiempo se detiene. El bullicio alrededor se desvanece, y comprendes que todos los caldos que habías probado antes parecen quedarse cortos. Más aún: deseas que ese ramen fuera interminable.
Y así, probando un nuevo ingrediente, una fruta desconocida, un té, un postre o una receta local, vas construyendo una nueva historia entre tu paladar y tus gustos, y el sentimiento que estos provocan. Dejas atrás lo familiar, lo reconfortante y, felizmente, le eres infiel a tus costumbres gastronómicas.
Una ciudad nueva tiene la capacidad de volvernos más sensibles. Más atentos. Más abiertos al asombro. De pronto, uno puede enamorarse de una mesa desconocida donde el protagonista es un plato cuyo nombre ni siquiera sabe pronunciar.
Quienes viajamos con frecuencia sabemos que la comida deja de ser una necesidad práctica para convertirse en memoria. Quizá no recordemos exactamente qué hicimos un martes cualquiera durante las vacaciones, pero sí aquel desayuno frente al mar que dejó huella y terminó definiendo toda una ciudad.
Los romances efímeros del viaje
Quizá una de las partes más bonitas de viajar sea la cantidad de personas irrepetibles que aparecen durante unos minutos y desaparecen para siempre.
Ya sabes hacia dónde voy con esto:
El atractivo camarero de sonrisa cautivadora que te dibuja un mapa en una servilleta. La señora de ojos amables que te ayuda a entender el metro sin hablar tu idioma. El misterioso desconocido que te recomienda “el bar donde realmente van los locales”.
Como ellos, hay personas que solo existen dentro de nuestros viajes y que, aun así, ocupan un lugar permanente en nuestra memoria.
Porque cuando estamos lejos de casa también estamos lejos de nuestros personajes habituales. Hablamos más. Preguntamos más. Sonreímos más. Nos permitimos pequeñas formas de cercanía que quizá evitaríamos en la cotidianidad.
Puedes estar viajando con tu pareja o con tu familia, pero hay momentos que te pertenecen únicamente a ti…instantes en los que el afecto aparece a través de una mirada, un gesto o una conversación inesperada. Y, del mismo modo que llega, se va.
Enamorarse de costumbres ajenas
Viajar tiene la extraña virtud de relativizar casi todo.
De pronto descubres ciudades donde nadie parece correr detrás del tiempo. Lugares en los que las sobremesas se estiran hasta confundirse con la tarde, las persianas bajan después de comer y cenar a las diez de la noche no es una excentricidad, sino una costumbre heredada. Como ocurre en España, Italia o Portugal.
En otros rincones sucede justo lo contrario. Los días avanzan al compás de horarios precisos, los trenes llegan cuando prometen hacerlo y la vida cotidiana no se altera para acomodarse al visitante. Todo parece funcionar con una armonía silenciosa, como en Suiza. Y hablando del silencio, en Japón, guardar silencio en el transporte público se interpreta como una forma de respeto.
Y entonces, casi sin darte cuenta, empiezas a habitar esas costumbres y ritmos prestados. Cenas a horas que en casa considerarías imposibles, alargas conversaciones que habrías dado por terminadas o descubres el placer de una pausa que nunca te habías permitido.
Quizá por eso viajar resulta tan liberador. Porque durante unos días dejamos de mirar el mundo desde nuestras costumbres y empezamos a contemplarlo desde la curiosidad. Y en ese gesto, pequeño pero profundo, el horizonte se ensancha un poco más.
Enamorarse de quién eres cuando estás lejos
Quizá el romance más importante de cualquier viaje ocurre con una versión distinta de nosotros mismos.
La versión que se atreve a vestirse diferente.
La que intenta conversar en otra lengua.
La que prueba cosas nuevas sin pensarlo demasiado.
La que camina sin mirar el reloj.
Y tal vez por eso regresamos con tantas ganas de volver.
No solo extrañamos el lugar. Extrañamos a quienes fuimos allí.
Por eso digo yo, viajamos buscando un poco de infidelidad, un antídoto contra la rutina de la vida.





