Los miserables: un libro que también nos obliga a mirarnos a nosotros mismos

Hay libros que cuentan una historia y otros que consiguen algo más difícil: nos obligan a preguntarnos qué haríamos nosotros si estuviéramos en el lugar de sus personajes.

Los miserables, la monumental novela de Victor Hugo, pertenece a ese grupo.

Publicada en 1862, la obra está ambientada en la Francia del siglo XIX y tiene como protagonista a Jean Valjean, un hombre que pasa años en prisión después de robar un pan para alimentar a su familia. Cuando recupera la libertad, descubre que su condena legal terminó, pero que la sociedad continúa juzgándolo por aquello que hizo.

Y ahí aparece una de las primeras preguntas que propone la novela:

¿Somos aquello que hicimos alguna vez o también somos aquello que podemos llegar a ser?

Jean Valjean intenta cambiar. Pero para Hugo, la transformación de una persona no depende solamente de su voluntad. También importa cómo la miran los demás. Una sociedad que solamente ve al delincuente puede terminar impidiendo que esa persona vuelva a convertirse en otra cosa.

El personaje de Javert, el inspector que persigue a Valjean durante buena parte de la historia, representa justamente la mirada opuesta. Para él, la ley es prácticamente una verdad absoluta: quien alguna vez transgredió las normas queda marcado para siempre.

Y entonces la novela vuelve a incomodarnos:

¿Cuántas veces juzgamos a una persona por su peor momento y olvidamos todo lo que ocurrió antes y todo lo que podría ocurrir después?

¿Cuánto sabemos realmente de la historia de alguien cuando solamente conocemos una parte de ella?

Victor Hugo no parece interesado en decirnos simplemente quién es bueno y quién es malo. Lo que hace es mostrarnos personas atravesadas por sus circunstancias, sus decisiones, sus errores y sus oportunidades.

También está Fantine, una mujer empujada hacia la pobreza y la desesperación, y Cosette, su hija, cuya infancia queda marcada por el abandono y la desigualdad.

A través de ellas, Hugo plantea otra cuestión incómoda:

¿Cuánto de lo que llamamos “fracaso personal” es realmente responsabilidad de una persona y cuánto tiene que ver con las condiciones en las que le tocó vivir?

Tal vez uno de los grandes méritos de Los miserables sea precisamente ese: nos obliga a mirar al otro antes de juzgarlo.

Porque es fácil observar desde afuera y decir: “¿Por qué no hizo otra cosa?”. Lo difícil es preguntarnos qué habríamos hecho nosotros con la misma hambre, el mismo miedo, las mismas oportunidades y las mismas puertas cerradas.

Y esa mirada también puede dirigirse hacia nosotros mismos.

¿Somos tan diferentes de aquellos a quienes juzgamos?

¿Cuántas veces pedimos comprensión para nuestros propios errores y somos implacables con los errores de los demás?

¿Qué parte de nuestra historia cambiaría si alguien nos hubiera ofrecido una segunda oportunidad en el momento en que más la necesitábamos?

Una de las frases más conocidas de Victor Hugo resume buena parte de la sensibilidad de la novela:

“Amar a otra persona es ver el rostro de Dios.”

Pero Los miserables también está lleno de reflexiones sobre la justicia, la pobreza y la condición humana. Hugo escribió: “Abrir una escuela es cerrar una prisión”, una frase que resume su confianza en la educación como herramienta de transformación social.

Y quizás ahí encontremos otra pregunta para nuestro tiempo:

¿Qué estamos haciendo como sociedad para que las personas puedan cambiar antes de condenarlas definitivamente?

La novela también invita a pensar en algo todavía más profundo: la diferencia entre la justicia y la compasión.

La justicia pregunta qué corresponde según una norma. La compasión pregunta qué le pasó a esa persona.

¿Puede una sociedad funcionar solamente con justicia?

¿Puede funcionar solamente con compasión?

¿Y qué ocurre cuando ambas entran en conflicto?

Ese es uno de los grandes dilemas que atraviesan la historia de Jean Valjean.

Porque quizás el verdadero “miserable” no sea solamente aquel que vive en la pobreza. Quizás Hugo utiliza esa palabra para hablar de una condición mucho más amplia: la de una persona a la que la sociedad dejó sin oportunidades, sin esperanza o sin la posibilidad de ser mirada nuevamente como un ser humano.

Y ahí el libro deja de pertenecer solamente a la Francia del siglo XIX.

Porque todavía existen personas a las que conocemos por una etiqueta: “el problemático”, “la que se equivocó”, “el que estuvo preso”, “la que fracasó”, “el que no pudo”, “la que eligió mal”.

Pero detrás de cada etiqueta hay una historia que probablemente desconocemos.

Tal vez uno de los grandes aprendizajes de Los miserables sea aprender a mirar dos veces.

La primera mirada suele quedarse con lo evidente.

La segunda intenta comprender.

Y quizás también nosotros necesitemos esa segunda mirada.

Una mirada hacia los demás, pero también hacia nosotros mismos. Porque todos tenemos partes de nuestra historia que no mostramos, errores que preferiríamos olvidar y momentos en los que necesitamos que alguien nos recuerde que una persona no tiene por qué quedar condenada para siempre por aquello que hizo en el pasado.

Los miserables es una novela extensa. Tiene historia, romance, política, conflictos sociales, aventuras y personajes inolvidables. Pero, por encima de todo, es una obra sobre la condición humana.

Y quizás por eso siga siendo tan vigente más de un siglo y medio después.

Porque mientras sigamos preguntándonos qué significa ser justo, qué significa perdonar, cuánto pesa la pobreza, si las personas pueden cambiar y hasta dónde estamos dispuestos a darle una segunda oportunidad al otro, Los miserables seguirá teniendo algo para decirnos.

Y tal vez, después de leerlo, la pregunta más importante no sea qué pensamos de Jean Valjean.

Tal vez sea qué pensamos de nosotros mismos cuando miramos a alguien que se equivocó.