
Al cumplirse un año de la muerte de Papa Francisco, el mundo vuelve a poner la mirada en el legado de quien marcó una etapa profundamente transformadora dentro de la Iglesia Católica. Desde su elección en 2013, Jorge Mario Bergoglio impulsó una serie de cambios que redefinieron el rumbo de la Iglesia, acercándola a los sectores más vulnerables y promoviendo una mirada más abierta y pastoral.
Uno de los ejes centrales de su pontificado fue la opción por los pobres, insistiendo en una “Iglesia en salida”, más cercana a la gente y menos centrada en estructuras. En ese sentido, promovió una fuerte reforma de la Curia Romana, buscando mayor transparencia, eficiencia y descentralización en el gobierno eclesiástico.
Otro cambio significativo fue su postura frente a temas sociales y culturales, adoptando un lenguaje más inclusivo y dialogante, especialmente en cuestiones vinculadas a la diversidad, la familia y los jóvenes. A esto se sumó su firme compromiso con el cuidado del ambiente, plasmado en la encíclica Laudato Si, donde abordó la crisis climática como un problema moral y global.
Francisco también avanzó en la lucha contra los abusos dentro de la Iglesia, estableciendo normas más estrictas y promoviendo una política de tolerancia cero. En paralelo, impulsó una mayor participación de la mujer en roles de responsabilidad dentro del Vaticano, un paso significativo en una institución históricamente conservadora.
En el plano internacional, se destacó por su rol como mediador en conflictos y su constante llamado a la paz, el diálogo interreligioso y la fraternidad entre los pueblos. Su liderazgo quedó reflejado en documentos clave como Fratelli Tutti, donde promovió una cultura del encuentro frente a la división global.
Además, promovió una Iglesia más sinodal, es decir, más participativa, donde la escucha y el consenso tuvieran un lugar central en la toma de decisiones. También simplificó gestos y símbolos del papado, eligiendo un estilo austero y cercano que rompió con tradiciones de siglos.
A un año de su fallecimiento, el legado de Francisco sigue vigente. Su pontificado no solo dejó reformas concretas, sino también una nueva forma de entender el rol de la Iglesia en el mundo contemporáneo: más humana, más comprometida y más cercana a quienes más lo necesitan.





