Cuando borrar una página también puede significar borrar una parte de la historia

Hay algo que durante mucho tiempo parecía propio de la ciencia ficción: que un gobierno pudiera modificar el pasado simplemente haciendo desaparecer los registros que lo documentaban. George Orwell lo imaginó en “1984”, donde el poder no solamente controlaba el presente, sino también la memoria de lo ocurrido.

Hoy, la discusión vuelve a aparecer, pero con una diferencia fundamental: el papel fue reemplazado por servidores, bases de datos y páginas web.

Un ejemplo reciente ocurrió en Estados Unidos con Climate.gov, el portal climático de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA). El sitio oficial fue desactivado durante la administración de Donald Trump y quedó como un archivo de la información existente hasta el 25 de junio de 2025.

La desaparición generó preocupación entre científicos y especialistas porque el sitio reunía durante años información científica, indicadores climáticos, mapas, materiales educativos y evaluaciones sobre el cambio climático.

Pero ocurrió algo todavía más interesante: exintegrantes de NOAA decidieron reconstruir ese patrimonio digital.

Rebecca Lindsey, junto con las exfuncionarias Anna Eshelman y Mary Lindsey, creó Climate.us, una iniciativa que busca conservar más de 15 años de información climática que había quedado amenazada por el cierre del sitio gubernamental. Entre los materiales recuperados se encuentran mapas, informes y contenidos científicos, incluida documentación relacionada con la Quinta Evaluación Nacional del Clima.

Y aquí aparece una pregunta que va mucho más allá del cambio climático:

¿Quién controla nuestra memoria cuando nuestra memoria está almacenada en internet?

El “agujero de la memoria” de Orwell

En 1984, Winston Smith trabaja en el Ministerio de la Verdad. Su tarea consiste en modificar periódicos y documentos antiguos para que coincidan con la versión de los hechos que el Partido considera conveniente.

Los documentos originales terminan en el famoso “memory hole”, el agujero de la memoria: un mecanismo que conduce los papeles hacia hornos donde son destruidos. De esta manera, no solamente se modifica el presente: se elimina la posibilidad de demostrar que alguna vez existió otra versión.

La idea central de Orwell era aterradora: si nadie puede acceder al registro del pasado, resulta mucho más fácil imponer una nueva versión de la realidad.

En el mundo digital, ese “agujero de la memoria” ya no necesita ser una ranura en una pared.

Puede ser simplemente un servidor que se apaga.

Un dominio que desaparece.

Un enlace que deja de funcionar.

Una base de datos que deja de estar disponible.

Un archivo que nadie conservó.

Internet parecía eterno, pero no lo es

Durante años tuvimos la sensación de que todo lo que se publicaba en internet quedaba allí para siempre.

Pero no es así.

Una página web puede desaparecer por decisión de un gobierno, una empresa, una institución o incluso por falta de recursos para mantenerla. Y cuando esa información no fue archivada en otro lugar, puede resultar extremadamente difícil reconstruirla.

Eso plantea un problema particularmente importante cuando hablamos de información científica, estadísticas públicas, investigaciones, documentos históricos o datos oficiales.

El problema no es solamente que una determinada información deje de estar disponible.

El problema es que las generaciones futuras pueden no saber que esa información alguna vez existió.

Assange y el poder de conservar la información

Julian Assange, fundador de WikiLeaks, viene planteando desde hace años una cuestión relacionada con este problema: el acceso al conocimiento y la posibilidad de que gobiernos y grandes organizaciones oculten información.

En una entrevista, Assange sostuvo que una democracia necesita información para que los ciudadanos puedan ejercer el autogobierno y explicó que WikiLeaks buscaba construir una infraestructura capaz de publicar información incluso cuando Estados u organizaciones poderosas intentaran impedir que llegara al público.

En otra declaración de 2013, vinculó el crecimiento del secreto estatal con la pérdida de privacidad y expresó su preocupación por el poder de las estructuras gubernamentales y tecnológicas para controlar información.

Más allá de la figura controversial de Assange y de las discusiones políticas que genera WikiLeaks, hay una cuestión de fondo que merece ser debatida:

una sociedad que no conserva sus documentos depende de quien tenga el poder de conservarlos.

¿Estamos viviendo en “1984”?

La comparación con Orwell puede resultar tentadora, pero hay que hacer una aclaración.

La realidad actual no es literalmente el mundo de “1984”. Vivimos en sociedades mucho más abiertas, con múltiples fuentes de información, bibliotecas, archivos, periodistas, investigadores y herramientas que permiten copiar y preservar contenidos.

De hecho, el caso de Climate.us demuestra justamente que la desaparición de una fuente puede generar una reacción contraria: científicos y exfuncionarios pueden reconstruirla y conservarla.

Pero la similitud con Orwell aparece en otro punto.

En 1984, el poder comprendía que controlar los registros del pasado ayudaba a controlar la percepción del presente.

Hoy, quien controle servidores, plataformas, algoritmos, buscadores o grandes repositorios digitales tiene una capacidad enorme para determinar qué información permanece visible y cuál queda enterrada.

La diferencia es que ahora ese poder no necesariamente está concentrado en un único Estado. También puede estar distribuido entre gobiernos, grandes empresas tecnológicas, plataformas digitales y propietarios de infraestructura.

La verdadera discusión

Quizás la pregunta más importante no sea si estamos viviendo exactamente en 1984.

La pregunta debería ser:

¿Qué estamos haciendo para que dentro de 20, 50 o 100 años podamos saber qué ocurrió realmente hoy?

Porque una fotografía guardada solamente en una red social puede desaparecer. Un informe alojado en un servidor puede dejar de estar disponible. Una página oficial puede ser retirada por una nueva administración. Una publicación puede ser eliminada.

Por eso, preservar información pública requiere archivos independientes, bibliotecas digitales, copias distribuidas y sistemas que no dependan de una única autoridad.

La historia no debería depender del botón “eliminar”.

Y quizás esa sea una de las grandes lecciones que podemos recuperar de Orwell: quien controla el registro de lo ocurrido tiene una enorme influencia sobre aquello que las generaciones futuras podrán considerar verdadero.

El caso de Climate.gov no demuestra que estemos viviendo en el mundo de 1984. Pero sí nos recuerda que la memoria digital necesita ser protegida, porque en internet, aquello que parece permanente puede desaparecer mucho más rápido de lo que imaginamos.